8 de marzo: la igualdad que aún nos debemos como sociedad

LA VEU DE NULES

Mar 8, 2026 | Opinión

Cada 8 de marzo nos obliga a detenernos y mirar de frente una realidad que, por incómoda que sea, no podemos seguir ignorando: la igualdad entre hombres y mujeres sigue siendo una tarea pendiente. No un gesto simbólico, no un lema para acompañar un lazo morado, sino un compromiso profundo que atraviesa todos los ámbitos de nuestra vida: el social, el laboral, el familiar, el educativo y el institucional.

El Día Internacional de la Mujer no es una celebración. Es una reivindicación. Es la memoria de lo que se ha conseguido, pero también la conciencia de todo lo que falta. Es un recordatorio de que el progreso no es irreversible y de que cada avance puede perderse si bajamos la guardia.

La igualdad que aún no llega

Es mucho el camino recorrido, pero sigue siendo insuficiente. Para comprenderlo, basta con repasar la historia reciente.

Durante siglos, el papel de la mujer estuvo limitado al ámbito doméstico. Su identidad social se definía por su relación con los demás: hija de, esposa de, madre de. La educación femenina se centraba en la obediencia, la modestia y las tareas del hogar. La ley, la cultura y la tradición reforzaban un modelo que relegaba a las mujeres a un segundo plano.

No hace tanto que una mujer no podía abrir una cuenta bancaria sin permiso del marido. No hace tanto que no podía votar, ni estudiar una carrera universitaria, ni ocupar un cargo público. No hace tanto que la maternidad era vista como una obligación y no como una elección. No hace tanto que la violencia dentro del hogar se consideraba un asunto privado, casi doméstico, casi inevitable.

La historia de la mujer es la historia de una lucha constante por existir en igualdad. Por ocupar espacios que le fueron negados. Por hablar cuando se esperaba que callara. Por decidir cuando se esperaba que obedeciera.

Y aunque hoy vivimos en una sociedad más consciente y más justa, las desigualdades persisten.

En el ámbito laboral, las mujeres siguen enfrentándose a techos de cristal, brechas salariales y carreras profesionales interrumpidas por la maternidad. En el ámbito social, los estereotipos siguen marcando trayectorias, limitando expectativas y condicionando decisiones. En el ámbito familiar, muchas mujeres sostienen dobles y triples jornadas invisibles que no figuran en ningún contrato, pero sin las cuales la vida cotidiana sería imposible.

La igualdad entre hombres y mujeres no trata de enfrentar a un género frente al otro, ni de construir trincheras donde no las hay. Se trata de igualar la balanza, de corregir desigualdades que se arrastran desde hace generaciones, de desmontar estructuras que históricamente han limitado a las mujeres y de garantizar que todas las personas, independientemente de su sexo, puedan vivir con la misma libertad, las mismas oportunidades y la misma dignidad.

La igualdad no es una lucha entre bandos; es un proyecto común para construir una sociedad más justa, más equilibrada y más humana.

Las mujeres que mueren… y las que sobreviven en silencio

La violencia machista es la expresión más brutal de la desigualdad. Cada año, mujeres son asesinadas por quienes decían amarlas. Sus nombres aparecen en titulares, pero sus vidas quedan truncadas mucho antes de ese último golpe.

Porque la violencia no empieza con un puñetazo. Empieza con un comentario hiriente, con un control disfrazado de preocupación, con una prohibición, con un “sin mí no eres nada”. Empieza en lo invisible, en lo cotidiano, en lo que demasiadas veces se normaliza.

Pero junto a las mujeres que mueren, están las que sobreviven en silencio. Las que no denuncian porque tienen miedo. Las que no pueden irse porque dependen económicamente de su agresor. Las que callan porque no quieren que sus hijos sufran. Las que creen que nadie las va a creer. Las que han sido aisladas de su entorno hasta perder cualquier red de apoyo. Las que llevan años escuchando que la culpa es suya. Las que han aprendido a caminar de puntillas para evitar un estallido. Las que viven en alerta constante, midiendo cada palabra, cada gesto, cada respiración. Las que sobreviven, pero no viven.

La violencia psicológica —la humillación, el desprecio, la manipulación, el aislamiento— es una forma de tortura emocional que mina la autoestima y anula la voluntad. Y es, en demasiados casos, la antesala de la violencia física.

Y no podemos olvidar a los hijos e hijas, víctimas directas de la violencia machista. Niños que crecen en hogares donde el miedo es rutina. Niñas que aprenden que el amor duele. Menores que presencian gritos, golpes, amenazas, silencios tensos que lo dicen todo. Muchos desarrollan ansiedad, problemas de conducta, dificultades escolares o traumas que arrastrarán durante años. Algunos repiten patrones; otros viven toda su vida intentando no parecerse a lo que vieron.

La violencia machista no afecta solo a las mujeres: rompe familias enteras y marca generaciones.

Por eso, hablar de igualdad implica hablar de protección real, de recursos suficientes, de acompañamiento psicológico, de justicia eficaz y de una sociedad que no mire hacia otro lado.

Poner el foco donde debe estar: en los maltratadores

Durante demasiado tiempo, el debate público ha girado casi exclusivamente en torno a las víctimas —y es imprescindible protegerlas, acompañarlas y garantizar su seguridad—, pero no podemos seguir ignorando la raíz del problema: los maltratadores.

La violencia machista no desaparecerá si seguimos actuando solo cuando el daño ya está hecho. No basta con atender a las víctimas; hay que intervenir sobre quienes ejercen la violencia. Y eso implica un cambio profundo en la forma de abordar el problema.

Poner el foco en los maltratadores significa:

  • Identificar patrones de conducta antes de que estalle la violencia física, porque la violencia psicológica, el control y los celos no son “señales”, son ya violencia.
  • Establecer programas de intervención obligatorios, no voluntarios, para quienes muestran comportamientos de riesgo.
  • Garantizar que las órdenes de alejamiento se cumplan, con seguimiento real y recursos suficientes.
  • Dotar a la justicia de herramientas ágiles, que no permitan que un agresor quede impune por falta de pruebas o por procesos interminables.
  • Romper la idea de que la violencia machista es un problema privado, porque es un problema social que requiere vigilancia, prevención y responsabilidad colectiva.

Poner el foco en los maltratadores también significa combatir con firmeza los discursos que niegan la violencia machista. Negar la violencia es otra forma de ejercerla. Es invisibilizar a las víctimas, deslegitimar su dolor y desproteger a quienes más necesitan apoyo. La negación no es una opinión: es un retroceso que pone vidas en riesgo.

No se puede avanzar hacia la igualdad si se cuestiona la existencia misma de la violencia que la impide.

Educar en igualdad: la única herramienta capaz de cambiarlo todo

La igualdad no se improvisa. Se aprende. Y se aprende pronto.

La infancia es el terreno donde germinan los valores que después sostendrán —o derrumbarán— una sociedad. Por eso es imprescindible educar en igualdad desde edades tempranas, no como un añadido curricular, sino como un pilar fundamental de la formación humana.

Educar en igualdad significa enseñar a niños y niñas que el respeto no se negocia, que los roles no vienen de fábrica, que la libertad no tiene género y que la violencia nunca es una forma de amar. Significa mostrar que las emociones no son patrimonio de un sexo, que la empatía no es debilidad y que la fortaleza no se mide en silencios. Significa enseñar a los niños que la masculinidad no se construye desde la dominación, y a las niñas que su valor no depende de la mirada ajena. Significa que en los patios, en las aulas y en los hogares se cuestionen los estereotipos que llevan décadas condicionando vidas.

Pero hoy, esa educación compite con un enemigo silencioso y omnipresente: las redes sociales. Plataformas que moldean conductas, que normalizan relaciones tóxicas, que glorifican la violencia simbólica, que difunden modelos imposibles y que, en demasiados casos, reproducen discursos machistas disfrazados de humor o de aparente normalidad. Niños y adolescentes consumen contenido que trivializa los celos, romantiza el control y ridiculiza la igualdad. Y lo hacen a diario, sin filtros, sin referentes y sin herramientas para interpretarlo.

Por eso, educar en igualdad no es solo tarea de la escuela. Es tarea de las familias, de los medios de comunicación, de las instituciones y de toda la sociedad. Es enseñar a mirar con espíritu crítico, a detectar señales de alarma, a identificar discursos dañinos y a construir relaciones basadas en el respeto mutuo. Es garantizar que las nuevas generaciones crezcan con un mapa emocional sano, libre de patrones que perpetúan la desigualdad.

Educar en igualdad es, en definitiva, la única vacuna eficaz contra la violencia machista. Y como toda vacuna, requiere constancia, compromiso y una visión a largo plazo.

Un 8 de marzo para avanzar, no para cumplir

El 8 de marzo no puede quedarse en un gesto simbólico ni en una fecha marcada en el calendario. Es un recordatorio de todo lo que aún debemos construir como sociedad. La igualdad real exige valentía colectiva, exige revisar inercias, desmontar privilegios y asumir responsabilidades. Exige escuchar a las mujeres que alzan la voz y también a las que no pueden hacerlo. Exige recordar a las que ya no están y proteger a las que siguen viviendo con miedo. Exige mirar a los hijos e hijas que crecen en hogares marcados por la violencia y garantizarles un futuro distinto, libre de patrones que nunca debieron existir.

La igualdad no llegará por inercia. Llegará cuando dejemos de delegarla, cuando entendamos que no es una causa ajena, sino un compromiso compartido. Llegará cuando la educación en igualdad sea tan natural como aprender a leer. Cuando las redes sociales dejen de ser un altavoz de toxicidad y se conviertan en un espacio de respeto. Cuando la justicia actúe con la rapidez y la firmeza que las víctimas merecen. Cuando los maltratadores dejen de ser una sombra impune y pasen a ser el centro de la intervención, la vigilancia y la reeducación.

La igualdad es, en definitiva, la medida más exacta de la sociedad que queremos ser. Y cada paso que damos hacia ella nos acerca a un futuro más justo, más libre y más humano para todos.

EL TIEMPO EN NULES

loader-image
6:58 pm, Mar 9, 2026
temperature icon 14°C
nubes
85 %
1018 mb
2 mph
Ráfagas de viento: 2 mph
Clouds: 86%
Amanecer: 7:22 am
Atardecer: 7:00 pm

© 2025 La Veu de Nules - Todos los derechos reservados | Aviso Legal | P. Privacidad | P. Cookies | Diseñado por Pecas Verdes